   
El Panteón de San Fernando: una joya arquitectónica
El hoy Museo Panteón de San Fernando, ubicado en Plaza San Fernando N° 17, Colonia Guerrero en el Centro Histórico de la Ciudad de México, formó parte de un convento cuya edificación se inició en el siglo XVIII en lo que eran entonces las orillas de la ciudad. Los religiosos franciscanos fundadores, comenzaron a llegar de España desde el siglo XVII y se asentaron originalmente en la ciudad de Querétaro en el Convento de la Cruz, en donde con autorización real establecieron un colegio de Propaganda Fide. La expansión de esta orden de predicadores los trajo a la Ciudad de México.
A fines de 1730 -relata Manuel Rivera Cambas en su México Pintoresco, Artístico y Monumental- vinieron a esta ciudad en calidad de misioneros algunos religiosos del convento apostólico de Querétaro, con objeto de predicar, y uno de ellos, Fray Diego de Alcántara, recibió orden de su superior para pedir al virrey el permiso de fundar aquí un colegio de la misma orden; el virrey Marqués de Casafuerte, que entonces gobernaba, concedió el permiso en enero de 1731, para que los misioneros habitaran en la casa u hospicio, interín el rey les concedía licencia para fundar un colegio, conforme a lo previsto por las leyes.
Como el rey de España tenía prohibido en aquellos tiempos la construcción de nuevos establecimientos religiosos en la Nueva España, los franciscanos tuvieron dificultades para edificar y cuando lo hicieron, después de rechazar varias ofertas de terrenos, aceptaron sentar sus reales en lo que hoy conocemos como San Fernando, después de acelerar los trámites burocráticos para obtener con posterioridad el permiso real.
Todos los documentos -relata Manuel Rivera Cambas- fueron llevados a España por fray Nicolás de San José y Sandi, el cual consiguió que el 15 de octubre de 1733 se expidiera la real cédula que concedía a los misioneros apostólicos de la Orden de San Francisco, licencia para fundar un colegio de Propaganda Fide, en el hospicio nombrado de San Fernando, a extramuros de la Ciudad de México. Erigido en colegio, fue nombrado primer presidente fray Diego de Alcántara en agosto de 1734, y entonces comenzó a levantarse el edificio tal y como llegó hasta nuestros días, empleando las limosnas que generosamente daban los fieles.
La construcción del convento de los fernandinos avanzó muy rápidamente y fue concluida en 1775; el 19 de abril de ese año, el arzobispo Manuel Rubín y Salinas bendijo la iglesia y al día siguiente se realizó su dedicación y fiesta que contó con la asistencia del virrey conde de Revillagigedo. “En San Fernando hubo hermosas esculturas y cuadros de notable mérito; allí eran celebradas con gran solemnidad fiestas religiosas, principalmente la Semana Santa y cuaresma”, sin embargo, el convento de San Fernando padeció un grave accidente que causaría su ruina y relativa decadencia: el 19 de junio de 1858, como consecuencia del violento temblor de tierra que resintió la Ciudad de México, el convento sufrió graves averías; el edificio quedó inhabitable y los religiosos tuvieron que abandonarlo temporalmente y se refugiaron con sus hermanos de los conventos de San Francisco y San Diego.
En 1860, como consecuencia de las Leyes de Reforma, los religiosos fernandinos fueron exclaustrados y una parte del convento fue derribada en 1862, pero la iglesia y su panteón anexo fueron respetados, no así la gran huerta y potreros del convento que fueron fraccionados y, ya divididos en lotes, dieron nacimiento a la colonia Guerrero.
El Panteón de San Fernando Era costumbre secular en México disponer para el entierro de los difuntos de las instalaciones religiosas; José L. Cossio en su delicioso libro que tituló Del México Viejo nos recuerda:
Por mucho tiempo fue costumbre enterrar en el interior de los templos, en las capillas, en los conventos y en el atrio de las iglesias. Algunas otras instituciones también tenían un lugar para los entierros, como los hospitales, así es que no había ningún lugar especialmente determinado para los entierros.
El primer panteón de la Ciudad de México, concebido como tal, fue el que ordenó construir en Santa Paula el arzobispo Antonio Haro y Peralta en 1779 para dar sepultura a las víctimas de la epidemia de viruelas de ese año; sin embargo, los entierros en las instalaciones religiosas continuaron realizándose; en particular, el panteón del convento de San Fernando, dada su suntuosidad, fue un lugar favorito para la sepultura de las personas notables.
En 1854 se expidió un decreto mandando construir un panteón municipal, pero fue hasta la expedición de las Leyes de Reforma en 1861 que el gobierno entró en posesión de los cementerios “y el de San Fernando, por su bella situación y sus buenas construcciones, fue elegido para depositar los restos de nuestros hombres notables e ilustres”.
En 1871, el Ministerio de Gobernación dispuso la clausura de los panteones dentro de la ciudad y realizó un convenio para la apertura del Francés de la Piedad. Desde entonces, el panteón de San Fernando se cerró como tal y sólo como excepción se abrió para recibir los restos del Presidente Benito Juárez en julio de 1872; en 1880 se inauguró el valioso monumento escultórico en su memoria, esculpido por los hermanos Juan y Manuel Islas sobre un bloque de mármol traído desde Carrara, Italia.
Junto con el presidente Benito Juárez y su esposa Margarita Maza, reposan en el panteón de San Fernando los restos mortales de cinco de sus hijos, fallecidos a temprana edad: José María, Antonia, María Guadalupe, Amanda y Francisca. Sin embargo, no son sólo estas tumbas las que confieren importancia histórica a este recinto; aquí estuvieron también los restos del general Ignacio Zaragoza, el general vencedor de la batalla del 5 de mayo en Puebla -que luego fueron reclamados y trasladados a esa entidad, permaneciendo su monumento funerario en San Fernando-, Mariano Otero, jurisconsulto y constitucionalista; Santiago Felipe Xicoténcatl, valeroso militar caído en defensa de la patria en 1847 en la guerra contra los Estados Unidos; Juan de la Granja, el español que introdujo el telégrafo en México y que también contribuyó a la defensa nacional en 1847. En fin, una visita detenida y atenta al museo panteón de San Fernando, puede servir como viva lección de repaso de nuestra rica y valiosa historia.
En enero de 1936, el panteón de San Fernando fue declarado Monumento Histórico por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y el año de 2006 fue restaurado por el Gobierno del Distrito Federal y reabierto al público como un espléndido museo de sitio que ofrece un espacio de cultura y esparcimiento.
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